domingo, 15 de septiembre de 2019

Nada es imposible. Etiopía 2019.

Nuevamente hemos tenido la suerte de poder formar parte de una expedición de Payasos Sin Fronteras. En esta ocasión hemos estado en campos de refugiados eritreos y somalíes ubicados dentro de las fronteras de Etiopía. Hasta allí viajamos Pepo Rueda, Luigi Muñoz, Silvia Arriscado y el que escribe, Nacho Morán. Juntos éramos la familia Titiriti.

(c) UNCHR\Ariadne Kypriade

Pero antes de empezar con esta pequeña crónica de nuestra misión en Etiopía, me gustaría hacer una pequeña reflexión relativa al título que le he dado. "Nada es imposible, si hay voluntad", fueron las palabras que me soltó la responsable de nuestra acción por parte de UNHCR, Ariadne Kypriade, mientras me devanaba los sesos para encontrar la forma de resolver un problema técnico con el equipo de sonido en un campo de refugiados a tres kilómetros de la frontera con Somalia. Una zona bastante remota donde a simple vista no parecía que contásemos con demasiados recursos y las altas medidas de seguridad tampoco nos dejaban mucha flexibilidad de acción.

(c) UNCHR\Ariadne Kypriade


Sin embargo, el problema se resolvió en un abrir y cerrar de ojos, y en ese mismo momento pensé que este tenía que ser el título de esta crónica. Porque si hay un motivo por el que hacemos el petate con nuestros zapatones y nuestras narices rojas para irnos al otro lado del mundo, es porque creemos que una descarga de alegría y positividad a la infancia abre las puertas a la esperanza de que mañana todo sea posible.

(c) UNCHR\Ariadne Kypriade

La misión de la que vamos a hablar se desarrolló entre los días 7 y 23 de junio de 2019 en Etiopía.

Algo de contexto

Etiopía es un país ubicado en el cuerno de África, que perdió su salida al mar con la independencia de Eritrea en 1993. En su seno conviven multitud de grupos étnicos, entre los que se encuentran el somalí y el tigriña. En el país se hablan unas 80 lenguas diferentes, siendo el idioma más extendido el Amárico. En cuanto a la confesión religiosa, el 63% de la población es cristiana y el 34% es musulmana.

Actualmente, Etiopía se encuentra en un periodo de pleno desarrollo y crecimiento económico, en parte favorecido por la influencia de China. Atrás parece que haya quedado aquel país que en las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado abría los telediaros con noticias de hambrunas salvajes fruto de las sequías. Observando la capital Adis Abeba, llena de andamios, parece que no hubiese ni un minuto que perder para subirse al carro del desarrollo.


Aún así, no todas las partes del país están teniendo un desarrollo homogéneo, y aún se viven constantes cortes de luz y de agua por problemas en el abastecimiento, incluso en la capital Adis Abeba.

En contraste con lo que sucede en el interior del país, Etiopía está rodeado por otros estados cuya estabilidad política es muy débil. Existen campos de refugiados distribuidos a lo largo de todo su perímetro. En total, según datos de UNHCR actualizados a 30 de junio de 2019, en Etiopía se encontraban refugiadas 905.831 personas. Es en dos de sus fronteras donde se ha centrado nuestro trabajo.

Mapa de UNCHR con la distribución de población refugiada a 30 de junio de 2019

El país cuenta con la organización estatal ARRA, cuyo fin es gestionar la acogida y ordenamiento de los refugiados que de forma masiva entran diariamente en el país. Esta organización gubernamental trabaja en los campos en colaboración estrecha con UNHCR y otras ONGs como Save the Children, Médicos Sin Fronteras o Medical Corps, haciéndose cargo de la salud primaria, distribución de alimentos, protección, logística y educación primaria.

(c) UNCHR\Ariadne Kypriade

En Etiopía, los campos de refugiados no tienen vallas con las que mantener controlada a la población refugiada, a la espera de que se resuelva la situación en sus países de origen. Los campos crecen en torno a poblaciones existentes, las cuales normalmente pertenecen a una etnia similar a la de la población refugiada que se asienta en torno a ellos. Existe una integración total entre la población local y la acogida, llegando a representar en algunos campos un 20% del total.

Campo de refugiados de Kobe en la zona somalí

Además, la mayor parte de los campos en los que estuvimos, contaban con una zona recreativa y un lugar techado, donde poder reunirse la comunidad, jugar al futbito, al baloncesto... y hasta poder ver un espectáculo de payasos sin sufrir una insolación.

(c) UNCHR\Ariadne Kypriade

Las principales áreas de acción fueron los campos de refugiados localizados en el norte del país, en la región del Tigray, próximos a la frontera con Eritrea, y los campos en el sur, en la frontera con Somalia y próximos a la base de UNHCR en Melkadida.

Detalle de la ubicación de los campos de refugiados en ambas regiones

Región del Tigray

En esta región viven cerca de 44.000 refugiados procedentes de Eritrea, la mayoría de ellos pertenecientes a la etnia Tigriña. Miles de personas siguen huyendo del país, aunque las autoridades eritreas restringen severamente el derecho a abandonarlo. Los motivos por los que huyen son variados: la imposición de un servicio nacional obligatorio indefinido, la existencia de serias restricciones al derecho a la libertad de expresión y de religión, o las habituales detenciones arbitrarias sin cargos ni juicio para miles de presos y presas de conciencia.

El hecho de que los jóvenes abandonen el país, es un mecanismo de supervivencia de las familias. Muchos tienen como objetivo llegar a Europa o Estados Unidos, pero la mayoría serán víctimas de los traficantes de personas que se encontrarán en países como Sudán, en su ruta hacia el Mediterráneo.


Aunque como he dicho, la etnia mayoritaria es la tigriña, en el campo de refugiados donde llevamos a cabo nuestra primera actuación, se invertía la proporción, siendo la etnia Konama la mayoritaria con un 64%, frente a un 24% de tigriña y un 12% de otras etnias. Este campo estaba localizado en Shimelba, con unas 7.500 personas, entre población local y refugiada.

Aquí sucedió una anécdota muy curiosa. Cuando ya estaba todo listo para empezar el espectáculo, descubrimos que el altavoz había desaparecido. Pregunto y un colaborador de ARRA me dice que se lo habían llevado para hacer el último llamamiento. Cientos de niños y no tan niños llevaban un buen rato ya esperando expectantes a que empezáramos, así que no podíamos demorarnos más. De modo que el inicio de nuestra gira por los campos de refugiados en Etiopía, consistió en una improvisación bastante cachonda de Pepo, Luigi y Silvia, de casi un cuarto de hora, mientras yo trataba de recuperar el altavoz preguntando a unos y a otros.

Todo listo, ¿no? Uy, pues no, ¡falta el altavoz!

La siguiente actuación la teníamos en Endabaguna, un pequeño pueblo, donde se localiza uno de los centros de recepción y registro de refugiados. Aquí es donde van a parar las personas que cruzan la frontera en calidad de refugiados. En este centro se les identifica, se realiza una traza sobre su origen y se les asigna un campo de destino. El tiempo de permanencia en estos centros oscila entre las 24 y la 48 horas. Aquí se les da techo y alimento mientras se organiza toda la logística para poder trasladarlos a los campos de destino.

Salón de usos múltiples del centro de registro y recepción de refugiados de Endabaguna

En este espectáculo actuamos para cerca de 400 personas que al llegar nos miraban recelosos sin entender muy bien quienes éramos. Una hora bastó para convertir aquel centro en una auténtica fiesta. Nuestro espíritu payaso nos acompañaba también fuera de los escenarios. La espera de un café en una calle de Endabaguna se convirtió en una actuación improvisada cuando nos vimos rodeados  por un grupo cada vez mayor de niños y no tan niños expectantes ante nuestros juegos. El resultado, una calle colapsada y cuatro cafés fríos.

De incógnito, esperando un café en Endabaguna

El siguiente destino eran los campos ubicados más al sur, en el área de Embamadre. Una zona montañosa próxima al pico más elevado de Etiopía, el Ras Dashen con 4.533 metros de altitud. En este lugar viven refugiadas unas 35.000 personas.

Para llegar hasta allí desde la ciudad de Shire, es necesario recorrer una carretera sinuosa que inicialmente desciende hasta alcanzar el río Tekeze. Aquí nos encontramos con un pequeño poblado y un punto de control donde milicias locales armadas con kalashnikovs, controlan el paso de quienes cruzan el puente a ambos lados.

Río Tekeze al paso por el punto de control

Una vez cruzado el río y sus controles, la carretera volvía a retorcerse sobre si misma para ascender hasta la zona montañosa donde íbamos a desplegar nuestra próxima descarga de alegría.

Carretera hacia Embamadre tras el puente sobre el río Tekeze

El primer campo al que llegaron nuestras narices rojas en este área, fue el de Mai Aini, fundado en 2008, en él viven unos 17.000 refugiados. "Mai Aini" significa en tigriña "Surtidor de agua". Aquí nos esperaban varios cientos de niños y niñas, y unos altavoces enormes que nos iban a servir sobre todo para delimitar el escenario por los laterales, ya que no iba a ser posible darles suministro eléctrico.

Algo que iba a ser norma en todos los campos, es que el público iba a llegar antes que nosotros. Por este motivo, para no perder el factor sorpresa, decidimos que lo mejor era convertir toda la fase previa de montaje en parte del espectáculo. Lo cual significaba que nuestra entrada en escena coincidía con el instante en el que nos bajábamos de los coches.

Entrada en escena de Curruquilla

En el campo de Mai Aini teníamos programadas dos actuaciones, una por la mañana y otra por la tarde. Así que para no repetirnos y evitar aburrir a nuestra exaltada audiencia, preparamos dos espectáculos diferentes de una hora más o menos cada uno. Unas 900 personas disfrutaron en este campo de nuestras tontunas, juegos de magia y circo.

En el campo de Mai Auni, tratando de organizar a la audiencia

Al día siguiente, nuestra cita era en el campo de Adi Harush. Fundado en 2010, albergaba a unos 15.000 refugiados. A nuestra llegada al centro de usos múltiples donde iba a tener lugar la actuación, se encontraba reunida la comunidad en asamblea.

Asamblea en el campo Adi Harush

Al terminar esta irrumpimos con todos nuestros bártulos, y con nosotros cientos de niños, niñas y madres con bebés, que al unirse a los que ya estaban allí reunidos, compusieron una audiencia de lo más variada. Moldear un mosaico de unas 1.000 sonrisas fue nuestro gran empeño aquella mañana.

Centro de usos múltiples de Adi Harush, en el momento de la irrupción de los payasos y su séquito

Aquella tarde repetíamos en el mismo campo, pero antes, a la hora de la comida conseguimos cuadrar una tercera actuación, esta vez solo para adultos. Nuestro público iba a ser el personal de UNHCR que estaba trabajando en los campos de la zona. El jefe del área, el nepalí Dhanajaya, nos lo había pedido con el objeto de dar a su equipo un momento de evasión frente a la situación de estrés al que se encuentran constantemente sometidos. Nos habían acogido con tanto esmero, que no nos podíamos negar.

Cuando Dhanajava se despidió de nosotros, lo hizo con estas palabras: "Normalmente, cuando viene alguna misión, supone una carga de trabajo adicional para tenerlo todo organizado. Y vienen muchas misiones. Sin embargo, vosotros habéis venido con vuestra alegría, y las risas han servido para reducirnos el estrés. Estamos muy agradecidos y nos gustaría que volvieseis".

En UNHCR Embamadre con Dhanajaya (en el centro) y parte de su equipo 

Con estas palabras abandonamos Embamadre rumbo al campo de Hitsats. Una última actuación de la zona norte, a la que asistieron unas 700 personitas, que terminó como habían terminado hasta el momento todas las actuaciones, rodeados de cientos de niños y niñas deseosos de despedirse atentamente.

Tradicional despedida tras el cierre del telón

Zona de Melkadida

Y tras un par de días de descanso en Adis Abeba, un vuelo de la compañía UNHAS (United Nations Humanitarian Air Sevice) nos llevó directos al corazón de la Etiopía somalí. Herencia de la época de la colonización europea, el área en el que se asienta la población somalí se encuentra repartida por tres estados diferentes: Somalia, Etiopía y Kenia. Dividida por fronteras imaginarias trazadas mediante líneas rectas, un mismo pueblo habita tres países diferentes.

Actualmente, los refugiados entran a Etiopía desde Somalia, país que carece de gobierno desde la guerra civil que se inició en 1991 y que dura hasta la actualidad.

Lo que nos encontramos al llegar a la zona fueron unas medidas de seguridad bastante rígidas por la peligrosidad del entorno. Nada más llegar a la base de UNHCR, a lo primero que asistimos fue a un briefing de seguridad en el que nos contaron todos los protocolos que debíamos seguir. En el área existen varias amenazas, entre las que caben destacar esporádicos conflictos armados con la etnia Oromo asentada un poco más al norte, y la presencia del movimiento yihadista somalí Al-Shabbaab, relacionado con Al Qaeda y que fija como uno de sus principales objetivos atentar contra el mundo occidental, al que tanto UNHCR como nosotros pertenecíamos.

Llegada al campo de refugiados de Kobe

En contraste con este panorama tan poco alentador, está el innovador programa piloto que UNHCR en colaboración con ARRA lleva a cabo en la zona. Trabajan con las comunidades para favorecer la integración, sin distinguir entre población local y refugiada. El objetivo es que en 10 años no existan campos de refugiados en la zona, sino asentamientos con una red económica y de producción propia. La forma de abordarlo es mediante la ordenación del trabajo en torno a cooperativas y la concesión de microcréditos. De esta forma, en los campos se han constituido entre otras, cooperativas para trabajar el terreno, para la generación de energía eléctrica a partir del sol, para la refrigeración y conservación de la carne, o para la recolección y trabajo de la madera. Esta última compuesta mayoritariamente por mujeres, ya que es sobre ellas sobre las que históricamente ha recaído la responsabilidad de asegurar la provisión de madera.

Esto viene motivado por la previsible imposibilidad de resolver la situación de esta población refugiada por otras vías, al resultar poco probable que pueda retornar a sus lugares de origen, o se le pueda realojar en otros países por su elevado número, cerca de 250.000 personas.

(c) UNCHR\Ariadne Kypriade

La confesión religiosa de la población somalí es el islam, y la segregación pública entre el género masculino y el femenino es patente. Silvia (Curruquilla) era la única que se podía acercar a las niñas. Esto último nos obligaría a adaptar ligeramente nuestro espectáculo para evitar situaciones que supusiesen un conflicto cultural.

(c) UNCHR\Ariadne Kypriade

Nos recibieron en la zona al grito de waka waka. Inicialmente pensábamos que era así como se decía payaso en somalí, pero rápidamente descubrimos que el origen de aquellas palabras fue otra expedición de Payasos Sin Fronteras que había intervenido en la zona en 2015. Sus nombres son Miquel Crespi, Joana Rhein y Monano Javier. Compañeros, aún os recordaban. Y así fue como durante toda nuestra estancia en la zona de Melkadida, pasamos de ser los clowns a los waka waka.

Nuestros compañeros WAKA WAKA en 2015

Nuestro primer espectáculo tuvo lugar en el campo de Kobe, donde viven unos 48.000 refugiados. No pudimos completarlo porque el hacinamiento de las 700 personas que habían acudido a vernos hacía que peligrara su integridad física, principalmente, la de los más pequeños. Esto llevó a nuestra contraparte, UNHCR, a replantearse la organización del espacio y el aforo máximo, para evitar que una situación similar se volviera a repetir.

Actuación en el campo de Kobe (c) UNCHR\Ariadne Kypriade

Volvimos al día siguiente al campo de Kobe para dar el primero de los tres talleres que teníamos programados. El objetivo era proveer a los cooperantes que trabajaban en el campo con algunas herramientas basadas en juegos teatrales que luego ellos pudieran usar. Al entrar en el espacio donde íbamos a impartir el taller, nos encontramos a los hombres sentados en un lado y a las mujeres en el otro. Lo cual supuso que el primer juego fuera orientado a que se mezclaran.

Jugando a mezclarse (c) UNCHR\Ariadne Kypriade

Aquí conocimos a Ahmed Jelle, un cooperante somalí que trabajaba para Save the Children y en el que rebosaban las ganas de aprender y ayudarnos con lo que hiciera falta, incluida la traducción simultánea. Tantas ganas tenía, que su jefe le dio permiso para que nos acompañara en los talleres que íbamos a realizar en los otros campos. De él vino la canción compuesta y grabada en el propio campo de Kobe que terminó convirtiéndose en la banda sonora del vídeo resumen de la expedición.

Ahmed Jelle con la camiseta amarilla de Save the Children (c) UNCHR\Ariadne Kypriade

Tras este taller, nos fuimos al campo de Bokolmanyo. Este es el campo de refugiados somalíes más al norte y en el se albergan unos 43.000 refugiados. Aquí hicimos otro taller, y una actuación por la tarde para unos 350 espectadores. Nos dio un poco de pena ver como las nuevas medidas de control del aforo habían hecho que muchos niños se quedaran sin vernos.

Actuación en el campo de Bokolmanyo (c) UNCHR\Ariadne Kypriade

Al día siguiente, nos esperaban dos campos situados muy próximos a la frontera con Somalia, donde las medidas de seguridad iban a ser muy estrictas. El primero fue el campo de Buramino, con cerca de 42.000 refugiados, y el segundo el campo de Hilaweyn, con más de 51.000 refugiados. En ellos se había acotado la zona de la actuación con un perímetro de seguridad controlado por agentes armados, que cacheaban a todos los niños y niñas que accedían al interior. Por primera vez en toda la expedición nos enfrentábamos a escenarios de 360º, donde los niños estaban a un lado y las niñas al otro. Según nuestras cuentas, en aquellas actuaciones se dibujaron cerca de 2.000 sonrisas diferentes.

Actuación en el campo de Hilaweyn (c) UNCHR\Ariadne Kypriade

La última actuación y el último taller, los hicimos en el campo donde estaba asentada la base de UNHCR, el campo de de Melkadida, con cerca de 35.000 refugiados. Aquí la actuación la habían hecho coincidir con el día del refugiado, siendo nuestra actuación el acto con el que iban a cerrar la gran fiesta, a la que habían asistido todas las ONGs que estaban trabajando en la zona y cerca de 1.500 personas que atestaban el espacio multiusos, subidos incluso por las paredes del espacio. Fue una despedida muy multitudinaria, pero algo agridulce, pues nuevamente tuvimos que terminar nuestro espectáculo antes de tiempo, para evitar que la aglomeración de personas terminase en tragedia.

Última actuación en el campo de Melkadida (c) UNCHR\Ariadne Kypriade

No obstante, en nuestra retina queda grabado el brillo de la mirada de tantos niños, adolescentes y adultos, que por un momento flipaban con la magia de Luigi y Pepo, se divertían con las acrobacias y los malabares de Silvia y míos, y sobre todo, se contagiaban de alegría con nuestras payasadas.

(c) UNCHR\Ariadne Kypriade

(c) UNCHR\Ariadne Kypriade

(c) UNCHR\Ariadne Kypriade


(c) UNCHR\Ariadne Kypriade

Y como despedida, no podía faltar un pequeño vídeo resumen que dé vida a todas las fotos de esta crónica.


¡Seguimos!
Fdo. El anticiclón

Fuentes:
https://data2.unhcr.org/en/country/eth
https://www.amnesty.org/es/countries/africa/eritrea/
https://fic.tufts.edu/assets/Ethiopia-Trip-Pictures-with-Captions.pdf

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